Llevo un tiempo pensando en que creo que nos pasamos una parte importante de nuestra vida persiguiendo cosas. Queremos crecer profesionalmente, ganar más, viajar, cuidar nuestras relaciones, emprender proyectos, cumplir objetivos… y en realidad, no hay nada malo en querer más. La ambición, bien entendida, nos mueve y nos hace crecer.
El problema aparece cuando estamos tan concentrados en conseguir lo siguiente que dejamos de disfrutar de todo aquello que un día deseamos y que ahora ya tenemos.
¿Te acuerdas de cuando querías lo que hoy tienes?
Quizá hubo un momento en el que deseabas muchísimo tener la casa en la que hoy entras sin prestarle demasiada atención. O soñabas con ese trabajo que ahora algunos días te desespera.
Seguro que hubo un tiempo en el que querías tener independencia económica, viajar, formar una familia, vivir sola o poner en marcha tu propio proyecto. Y lo conseguiste, pero da igual, nosotros seguimos corriendo.
Porque cuando conseguimos algo, tendemos a convertirlo en normalidad con demasiada facilidad y eso hace que automáticamente nuestra atención se desplace hacia el siguiente objetivo. Y de esta manera, si no lo controlamos, podemos acabar construyendo una vida llena de cosas que queríamos pero, paradójicamente, seguir sintiendo que nos falta algo.
De lo que pocas veces somos conscientes es de que tener tiempo para disfrutar de nuestra propia vida, también es riqueza pero de esta se habla menos.
Tiempo para desayunar sin mirar el reloj, para hablar con alguien sin tener el móvil al lado o para leer o para darte una ducha larga. Tiempo para quedarte en casa un sábado sin sentir que deberías estar haciendo otra cosa.
Creo que muchas veces, nos esforzamos muchísimo en construir una vida bonita, pero después llenamos tanto nuestra agenda que apenas dejamos espacio para vivirla.
Y es muy probable que, en esencia, el verdadero lujo esté precisamente ahí.
Una vida no está formada únicamente por chutes constantes de dopanina, basados en grandes viajes, ascensos, celebraciones o acontecimientos extraordinarios. Una vida está formada, sobre todo, por días normales. Y aprender a disfrutarlos probablemente sea una de las formas más bonitas de sentir que tenemos suficiente.
Esta reflexión conecta directamente con lo que significa Ecóccole para mí.
Siempre me ha gustado pensar que el momento de llegar a casa merece tener su propio espacio. Quitarte la ropa del día y ponerte algo suave y bonito puede ser una manera de decirle al cuerpo que ahora ya podemos relajarnos.
Y me gusta especialmente que ese cuidado suceda cuando ya no nos ve nadie. Porque entonces lo haces únicamente para ti.
No creo que se trate de dejar de tener objetivos ni de renunciar a querer más. Yo quiero seguir creciendo, descubriendo lugares, desarrollando proyectos, aprendiendo y teniendo nuevas metas. Pero también me gusta detenerme de vez en cuando y hacerme consciente de que esto que estoy viviendo también era parte del sueño.
Porque siempre habrá un siguiente objetivo. Y si condicionamos nuestra satisfacción a alcanzarlo, podemos pasarnos toda la vida llegando sin sentir nunca que hemos llegado.
Bajo mi punto de vista, el equilibrio esté en querer cosas nuevas sin dejar de valorar las que ya están. En construir futuro sin vivir permanentemente en él porque estoy segura de que un día descubrirás que no necesitabas tener mucho más.
Necesitabas tener tiempo para disfrutar de todo lo que ya tenías y que eso realmente es tenerlo todo.