La reflexión que os traigo hoy es algo que he hablado mucho últimamente con amigos y sorprendentemente, la mayoría estamos de acuerdo. Y es que hay una edad en la que algo cambia en nosotros.
No sé decirte exactamente cuándo sucede y aunque creo que se requiere cierta madurez, sospecho que no tiene tanto que ver con los años que cumples como con todo lo que has vivido hasta llegar hasta ahí.
Simplemente, un día empiezas a darte cuenta de que ya no necesitas estar en todos los sitios, llegar a todo ni decir que sí a todos los planes para sentir que estás viviendo.
Y, curiosamente, empiezas a entender que dejar de estar también es elegir.
Durante mucho tiempo nos acostumbramos a pensar que una vida llena era una vida en la que pasaban muchas cosas. Más planes. Más viajes. Más gente. Más experiencias. Más conversaciones. Más proyectos…
Incluso cuando estábamos cansados, parecía que quedarse en casa era desperdiciar una oportunidad porque siempre había algo ocurriendo fuera y se nos hacía difícil decir que no. Lo que hoy nuestros hijos llaman FOMO.
Con el tiempo nos es más fácil reconocer que a veces íbamos pero no porque realmente nos apeteciera, sino que íbamos porque no queríamos perdernos nada. Porque quizá ese plan iba a ser increíble, porque llevábamos demasiado tiempo sin ver a alguien o simplemente porque ya habíamos dicho que sí.
Hasta que llega un momento en el que empiezas a hacerte una pregunta diferente. ¿Y si lo que realmente no quiero perderme es a mí?
Entonces empiezas a escuchar el cansancio antes de que se convierta en agotamiento, empiezas a cancelar sin necesidad de inventarte grandes excusas.
Y descubres algo que quizá antes te habría parecido imposible. Y es que puede apetecerte más una ducha caliente, ponerte el pijama, preparar algo rico, ponerte una serie entretenida un ratito y meterte pronto en la cama que cualquier plan extraordinario.
Y no pasa nada. De hecho, al contrario, pasa mucho.
La paz empieza a parecerte un planazo.
Hay una etapa de la vida en la que empiezas a valorar cosas que antes parecían demasiado pequeñas.
Cosas como una casa en silencio, la luz tenue al final del día, una conversación sin mirar ni el reloj ni el móvil. O simplemente algo tan sencillo como una cena rica, una cama recién hecha o la sensación de quitarte la ropa con la que has estado todo el día y ponerte algo suave y cómodo.
Y es que, llega un momento en que empiezas a descubrir que el bienestar rara vez llega haciendo más. Que la paz llega cuando aprendes que disfrutar no siempre significa añadir cosas a nuestra vida. A menudo significa quitar ruido.
Elegir paz también implica empezar a poner límites a personas, situaciones y conversaciones. Pero esto quizá lo dejo para reflexionarlo mejor otro día ya que no siempre es fácil y da para toda una reflexión. 😊
Con el tiempo entiendes que proteger tu energía también es una forma de cuidarte.
No necesitas justificar constantemente por qué hoy prefieres quedarte en casa. Ni por qué necesitas silencio o por qué ya no te apetece llenar cada hueco de tu agenda.
Y entonces llega un momento en el que volver a casa adquiere otro significado. Tu casa deja de ser simplemente el lugar al que regresas cuando terminan los planes y empieza a convertirse en el lugar en el que comienza otra parte importante de tu día.
Cerrar la puerta, dejar el bolso, quitarte los zapatos, recogerte el pelo y ponerte el pijama. Bajar las luces y disfrutar de tu momento.
Gestos absolutamente cotidianos que, cuando empiezas a hacerlos con intención, se convierten en una pequeña declaración. Hoy me elijo a mí.
Y creo que ahí está también una parte de la esencia de Ecóccole. En reivindicar ese momento que ocurre cuando ya no tienes que demostrar nada a nadie. Cuando termina el ruido de fuera y vuelves a tu espacio, a tu cuerpo y a tu intimidad.
Porque la ropa que elegimos para esos momentos también importa pero no para que nos vea nadie, precisamente porque nos vemos nosotros mismos. Vestirnos con algo bonito, suave y agradable cuando llegamos a casa puede parecer un detalle insignificante. Pero el autocuidado está lleno de detalles aparentemente insignificantes y por eso tienen tanto valor.
Con el tiempo he descubierto que madurar es dejar de confundir intensidad con felicidad y entender que descansar no es desperdiciar el tiempo.
Aprender a decir “hoy no voy” sin quedarte después pensando en todo lo que estará pasando mientras tú no estás. Hay una libertad enorme cuando desaparece esa sensación de estar perdiéndote algo.
Quizá llega una edad en la que ya no quieres estar donde está todo el mundo. Quieres estar donde estás bien. Y cuando encuentras ese lugar, aunque algunas noches sea simplemente tu casa, tu pijama y el silencio, empiezas a comprender algo importante. No te estás perdiendo nada, en realidad, estás volviendo a ti.