En estas semanas hay una frase que seguro que has escuchado a diestro y siniestro y que probablemente tú también hayas pronunciado alguna vez: “Necesito vacaciones para desconectar ya”. 

Yo soy la primera que lo dice y, sobre todo, que lo siente.

Claro que necesitamos vacaciones. Necesitamos cambiar de escenario, olvidarnos del reloj, cerrar el ordenador y sentir durante unos días que no tenemos que llegar a nada.

 Necesitamos descansar, viajar, estar con nuestra gente o simplemente levantarnos una mañana sin tener demasiado claro qué vamos a hacer con el día.

Pero hace ya un tiempo que empecé a pensar que quizá estamos pidiendo demasiado a las vacaciones. Pretendemos que unas semanas sean capaces de arreglar el cansancio que hemos ido construyendo durante meses y, por mucho que descansemos, eso es bastante difícil.

Puedes irte unos días, dormir muchísimo, olvidarte del correo y volver sintiéndote otra persona. El problema aparece cuando el lunes recuperas exactamente la misma dinámica que te llevó agotado hasta allí. En ese momento, esa sensación de descanso que parecía que iba a durar al menos una temporada, empieza a desaparecer mucho antes de lo que nos gustaría.

En mi caso, entender esto fue uno de esos aprendizajes que parecen bastante obvios cuando los explicas, pero que me llevó tiempo interiorizar pero una vez hecho, provocó cambios importantes en mi forma de trabajar y de vivir.

Entendí que no quería pasarme el año esperando pequeños momentos en los que escapar de mi propia vida para poder descansar de ella. Quería intentar construir una vida de la que no necesitara escapar.

Porque el estrés no aparece únicamente cuando tenemos demasiado trabajo. Muchas veces tiene más que ver con cómo vivimos ese trabajo.  En mi caso se trata de una sensación de estar permanentemente disponible, tener que contestar rápido, saltar constantemente de una cosa a otra, revisar un mensaje mientras estamos haciendo algo importante  y termino el día con la sensación de haber hecho muchísimo, pero a costa de que mi cabeza no haya parado ni un segundo.

Y quizá por eso he llegado a una conclusión que intento recordar cada vez más: el descanso no puede empezar cuando llegan las vacaciones, lo hace en cómo vivimos un martes cualquiera.

Si te apetece, te comparto unos consejos que me ayudaron en su día. 

1. No todo lo que llega ahora necesita una respuesta ahora

Una de las cosas que más me ha ayudado ha sido dejar de sentir que tengo que contestar inmediatamente a todo. Hemos confundido durante demasiado tiempo la rapidez con la eficiencia y hemos normalizado una forma de trabajar completamente reactiva.

Llega un correo, lo abrimos. Entra un WhatsApp, lo miramos. Aparece una notificación, dejamos durante unos segundos lo que estamos haciendo para comprobar qué ha pasado.

El problema es que esos segundos no son realmente segundos. Cada interrupción obliga a nuestra cabeza a salir de aquello en lo que estaba concentrada y volver a entrar después. Y cuando repetimos este proceso decenas de veces durante el día acabamos agotados, aunque muchas veces ni siquiera sabemos explicar por qué.

A mí me funciona intentar concentrar determinados mensajes y correos en momentos concretos. Evidentemente, hay trabajos y situaciones que requieren disponibilidad inmediata, pero probablemente sean muchas menos de las que creemos.

No todo es urgente y, sobre todo, no todo lo que otra persona necesita en este momento tiene que convertirse automáticamente en nuestra prioridad.

2. Pensar también es trabajar

Hay días en los que encadenamos reuniones, llamadas, correos y tareas desde primera hora de la mañana y llegamos al final pensando: “Ostras, hoy no he parado ni un minuto”. Durante mucho tiempo esa frase parecía incluso algo de lo que sentirnos orgullosos. Ahora, cuando la pienso, me pregunto si precisamente ese no será parte del problema.

Porque no parar no significa necesariamente avanzar.

Especialmente cuando tienes responsabilidades de dirección, necesitas tiempo para pensar. Para levantar la cabeza de lo operativo, observar dónde estás, hacia dónde vas y decidir dónde merece realmente la pena poner tu energía y la de tu equipo. Sin embargo, paradójicamente, pensar suele ser lo primero que eliminamos de nuestra agenda cuando estamos muy ocupados.

Por eso intento proteger espacios en los que no haya reuniones, mensajes ni tareas operativas. No siempre lo consigo y, evidentemente, hay semanas en las que todo salta por los aires, pero procuro volver a ello porque cada vez tengo más claro que pensar también forma parte del trabajo.

3. No podemos estar comunicando y creando al mismo tiempo

Otra de las cosas que he aprendido es que mi cabeza funciona de manera muy diferente cuando está interactuando que cuando está creando. Contestar mensajes, atender llamadas, participar en reuniones o resolver pequeñas cuestiones requiere un tipo de atención. Analizar un problema complejo, preparar una estrategia, escribir o tomar una decisión importante requiere otra completamente distinta.

Pretender hacer ambas cosas simultáneamente suele acabar mal.

Nuestro cerebro necesita cierta profundidad para poder concentrarse y también para sentirse en calma. Es muy difícil llegar a ese punto si cada cinco minutos aparece una notificación de WhatsApp, Slack, Teams o la aplicación de turno reclamando nuestra atención.

Reservar entre 60 y 90 minutos para trabajar en una única cosa, sin mensajes, sin correos y sin interrupciones, puede parecer un lujo cuando tienes una agenda complicada. Para mí, cada vez se parece más a una necesidad. No solamente porque durante ese tiempo soy mucho más productiva, sino porque termino mucho menos cansada.

4. Poner límites sin tener que justificarlos constantemente

Quizá este sea uno de los aprendizajes que más cuestan, porque los límites no solo hay que ponerlos hacia fuera. Muchas veces tenemos que empezar poniéndolos hacia dentro.

No estar disponible durante una hora no significa que estés desatendiendo tus responsabilidades. No responder un correo inmediatamente no significa que seas menos profesional. No llenar todos los huecos de tu agenda no significa que estés trabajando poco. Y cerrar el ordenador porque has terminado tu jornada tampoco debería provocar esa extraña sensación de culpa que muchas personas hemos experimentado alguna vez.

Cuanto más claros tenemos nuestros límites, menos energía necesitamos gastar negociándolos constantemente con nosotros mismos.

Por supuesto que quiero vacaciones. Las necesito, las disfruto y pienso seguir haciéndolo muchísimo. Quiero viajar, desconectar, cambiar de escenario y tener días en los que mi mayor preocupación sea decidir dónde voy a cenar. Lo que no quiero es llegar a ellas completamente agotada y sentir que necesito desaparecer durante dos semanas para volver a ser yo.

Porque para mí el alto rendimiento sostenible no consiste en aguantar durante meses para después detenernos unos días y recuperarnos. Consiste en aprender a regular nuestra energía dentro de nuestra propia semana. En crear espacios en los que no todo sea urgente, poder concentrarnos de verdad, aceptar que no necesitamos estar permanentemente disponibles y establecer límites que podamos mantener en el tiempo.

Las vacaciones deberían servir para disfrutar de nuestra vida, no únicamente para recuperarnos de ella.

Y quizá ese sea el verdadero cambio que merece la pena perseguir: construir una forma de trabajar y de vivir de la que no necesitemos escapar para poder descansar.

La próxima vez que pienses “necesito vacaciones ya” plantéate, antes de empezar a buscar vuelos qué tendría que cambiar en tus martes para no llegar completamente agotado al próximo viernes. Estoy segura de que será un ejercicio de lo más interesante. 


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