Siempre he vivido mi casa como mi refugio.

De pequeña tuve que cambiar muchas veces de casa. La mayoría eran viviendas de alquiler y, de alguna manera, siempre sabía que serían temporales. Por temas profesionales de familia, cambiábamos cada 2 o 3 años como máximo. Quizá por eso hoy valoro tanto tener un lugar propio donde sentirme yo, donde estar a gusto y crear recuerdos.

Uno de mis momentos favoritos del día es llegar a casa después de un largo día. Cerrar la puerta, dejar las llaves, ponerme mis zapatillas y sentir cómo algo cambia casi de inmediato. Respiras hondo y el ritmo baja. El ruido del día se queda fuera.

Con el tiempo he descubierto hasta qué punto nuestra casa influye en cómo nos sentimos, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello. La luz, el orden, los colores, las texturas o incluso la ropa que eliges para estar cómodo al llegar a casa tienen más impacto del que imaginamos.

Y bajo mi punto de vista, ahí está uno de los grandes retos de nuestro tiempo: ser conscientes.

Vivimos tan deprisa que a veces olvidamos parar un momento y prestar atención a cómo nos sentimos realmente. Sin embargo, cuando llegas a ser capaz de hacerlo, te das cuenta de que no vivimos sólo entre paredes y muebles. Vivimos en las sensaciones que esos espacios nos generan.

Antes desconectar significaba salir, hoy, muchas veces significa quedarse. Compartir lo cotidiano con quien quieres y no necesitar nada más. 

Todo ello empezó a generar curiosidad en mi de manera que empecé a investigar sobre el concepto de "hogar consciente". Para mí no tiene nada que ver con la perfección ni con tener una casa de revista. Tiene más que ver con crear un espacio alineado contigo. Un lugar que te aporte calma, que te haga sentir bien y que te permita bajar el ritmo sin esfuerzo, dejando que simplemente suceda.

Seguro que alguna vez has experimentado el entrar en una casa preciosa pero no sentir nada especial y sin embargo, visitas otra mucho más sencilla que te transmite una paz difícil de explicar. Una sensación de bienestar que, sin saber por qué, te invita a quedarte un rato más.

Algo que en mi caso me ayudó mucho a ser capaz de generar esa sensación fue el minimalismo. Pero no entendido como simplemente tener menos sino como la capacidad de sentir mejor. No se trata de vaciar tu casa, sino de rodearte sólo de aquello que realmente aporta valor a tu vida. De quitar ruido para dejar espacio a lo importante. Este fue uno de los mejores ejercicios que he hecho en casa en una época complicada para mi tanto a nivel personal como profesional.

Y lo mejor es que no hace falta hacer grandes cambios para empezar a notarlo. A veces basta con despejar un rincón, bajar la intensidad de las luces al final del día o incorporar pequeños detalles que te hagan sentir más cómodo en tu propio hogar.

Son gestos sencillos, casi invisibles, pero capaces de transformar la forma en la que vivimos nuestros espacios.

Porque cuando empiezas a prestar atención a estas cosas, entiendes que el verdadero lujo hoy en día no es tanto el tener más, sino el poder parar.

Tener un lugar donde no necesites demostrar nada. Donde simplemente puedas estar.

Porque cuando cambia la forma en la que sientes tu casa, también cambia la forma en la que te sientes tú.

Tu casa no debería ser solo el lugar donde empiezas y terminas el día. Debería ser el lugar donde cada día, vuelves a ti.

Quizá por eso hoy valoro tanto los pequeños rituales de cada día.

Son gestos sencillos, pero me recuerdan que el hogar no es un lugar. Es una sensación.

Y, para mí, esa es precisamente la esencia de Ecóccole.


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