Martes, nueve de la noche. Llegas a casa con hambre y cenas lo primero que encuentras en la nevera si es que no has comprado algo rápido en el camino de vuelta a casa. Jueves tarde, compras una camiseta que parece mona porque mañana tienes un plan y no sabes qué ponerte. O porque te apetece, sin más. Estas cosas pasan, es la vida misma. 

Lo que a veces me hace reflexionar un poco más allá, es el momento en que eso se vuelve la norma. Comemos sin saber muy bien qué, y el armario se llena de prendas que nos ilusionan diez minutos y luego se quedan colgadas, algunas con la etiqueta todavía puesta.

Con la comida hemos ido aprendiendo a hacernos preguntas. No siempre hay tiempo para cocinar despacio ni para escoger el mejor tomate del mercado, pero al menos ahora somos conscientes de que lo que comemos importa. La hamburguesa del viernes de camino a casa sienta de maravilla pero cenar hamburguesa todos los días ya es otra historia.

Con la ropa ocurre algo parecido. La moda rápida nos ha acostumbrado a tener siempre algo nuevo a mano, a precios que invitan a comprar sin pensar. Le llaman compra impulsiva y es comprensible tirar de ella a veces. El problema llega cuando comprar, estrenar y olvidar se convierte en rutina. Ahí dejamos de ver el valor que hay detrás de cada prenda. Su tejido, las manos que la cosieron y los años que podría acompañarnos.

Y el problema es que acabamos perdiendo algo más sencillo, el placer de elegir. Tocar una tela y saber que te apetece llevarla. Ponerte la misma prenda veinte veces y seguir sintiéndote bien. Cuidarla y buscarla en el armario antes que cualquier otra.

Para mí, consumir con conciencia es algo mucho más simple. Es pararme de vez en cuando y hacerme tres preguntas: ¿lo quiero de verdad?, ¿lo voy a usar?, ¿cómo me hace sentir? y la pregunta clave ¿qué sale de mi armario para que entre la nueva adquisición? Respondiéndome a mi misma con honestidad, muchas veces descubro que puedo esperar.

Esa forma de mirar está muy presente en Ecóccole. Cuando pienso en lo que nos ponemos en casa, en ese rato del día en que por fin podemos relajarnos, imagino prendas que apetezca repetir. El pijama que sacas de la lavadora y te vuelves a poner esa misma noche. Piezas que siguen teniendo su sitio mucho después de estrenarlas.

Creo que dar valor a lo que consumimos empieza por disfrutar sin culpa del capricho puntual y cuidar lo que hacemos cada día. Porque es precisamente lo cotidiano lo que más impacto tiene en ti y por tanto lo que más merece que lo elijamos bien.


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