Antes me daba apuro decir que no tenía planes para el fin de semana. Ahora es uno de mis planes favoritos. 

Durante mucho tiempo, cuando alguien me preguntaba qué iba a hacer el fin de semana, me gustaba tener algo que contar. Una cena, una escapada, una comida con amigos… Cualquier cosa que demostrara que estaba aprovechando esos dos días.

Si no tenía nada previsto, casi me daba vergüenza reconocerlo. Como si quedarme en casa significara estar perdiéndome algo.

Lo curioso es que muchas veces llegaba al domingo por la noche habiendo hecho un montón de cosas, pero con la sensación de no haber descansado en absoluto.

Con el tiempo empecé a darme cuenta de que, a veces, llenaba mi agenda sin preguntarme qué me apetecía realmente. Y descubrí algo que antes me habría parecido extraño. Hay semanas en las que el mejor plan que puedo imaginar es saber que el sábado nadie me espera a ninguna hora.

Despertarme sin alarma. Quedarme un rato más en la cama. Preparar el desayuno tranquilamente y disfrutarlo sin mirar el reloj. Seguir en pijama hasta que me apetezca cambiarme, sin esa sensación de tener que ponerme en marcha porque el día se me escapa.

Y algo que he empezado a valorar especialmente de esos días son las conversaciones que surgen sin buscarlas. Esas que entre semana apenas tienen espacio porque cada uno está con mil temas por resolver en su cabeza.

A veces hablamos de cualquier tontería. Otras, sin saber muy bien cómo, terminamos compartiendo algo que llevábamos días queriendo contar y para lo que nunca encontrábamos el momento. Me he dado cuenta de que echaba de menos esos ratos, aunque durante mucho tiempo no supe ponerles nombre. Porque una cosa es compartir casa y otra muy distinta es encontrar tiempo para estar juntos sin que ninguno tenga prisa.

Aunque no siempre es fácil, ahora me esfuerzo en dejar algún día del fin de semana sin organizar. Cuesta porque a la que te despistas caes en el pensamiento de siempre. Que podrías aprovechar para adelantar trabajo, para hacer algún recado o resolver eso que lleva días pendiente.

Pero entonces recuerdo cuántas veces, en mitad de una semana complicada, he deseado tener precisamente eso, unas horas libres, en casa, sin nada que reclame mi atención. Y me parece absurdo que después de haberlas esperado tanto las vuelva a llenar en cuanto llegan.

Algunos de esos días terminamos improvisando una comida. Otros se nos pasa la tarde en el sofá, con alguna de esas series que tardas una eternidad en escoger y que luego te engancha durante horas.

No sucede nada extraordinario pero cuando llega la noche, me acuesto con una sensación de calma que no siempre encuentro después de un fin de semana lleno de planes. Y básicamente es porque he descansado, he disfrutado de mi casa y, sobre todo, he tenido tiempo para estar con quien quiero estar.

Ecóccole nace también de esa manera de entender el hogar. De querer dar valor a esos momentos cotidianos en los que estamos cómodos, podemos bajar la guardia y disfrutar de las pequeñas cosas sin sentir que deberíamos estar haciendo algo más.

Quizá por eso cada vez necesito menos cosas que contar cuando alguien me pregunta qué he hecho el fin de semana. Y cada vez disfruto más pudiendo responder, "Nada especial, simplemente he estado en casa de relax".

¿A ti también te ha pasado que, con los años, empiezas a disfrutar más de los fines de semana sin planes?

 


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